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El trastorno límite de la personalidad puede tener como causa la existencia de experiencias traumáticas durante la infancia. Se cree que los factores genéticos también desempeñan un papel en el desarrollo de este trastorno. Lo más probable es que deban darse varios de estos riesgos de forma conjunta para que aparezca el TLP.

Según muestran modelos explicativos psicoanalíticos, el TLP es un trastorno de inicio temprano. Esto significa que en los afectados se han mantenido estructuras y pautas de pensamiento características de la infancia temprana. Durante esta etapa los conflictos causados por odio y envidia son frecuentes, y no existe una percepción diferenciada de la propia persona o de los demás, sino una valoración rígida de los individuos como “totalmente buenos” o “totalmente malos”.

En los últimos años, se ha estudiado la influencia de los episodios de abuso en el desarrollo del trastorno límite de la personalidad. Así, se ha comprobado que más del 80% de los pacientes han sufrido experiencias traumáticas graves como, por ejemplo, abuso sexual o físico, o violencia doméstica extrema.

En muchos casos, el autor de los abusos es una persona de referencia importante, de modo que las víctimas se enfrentan a la contradicción de que la persona amada, que ha de protegerlas, es la misma de la que deben protegerse. Esta discordancia impide a los afectados asumir y expresar su ira y repugnancia hacia la persona de referencia. Es probable que en el caso del trastorno límite de la personalidad estos sentimientos negativos se vuelvan hacia uno mismo, de forma que el abuso se justifique debido a la “maldad” de la víctima. Las experiencias de abusos también pueden marcar de modo decisivo las relaciones posteriores, ya que se viven simultáneamente emociones incompatibles. Por ejemplo, el afecto del autor de los abusos unido al miedo hacia él; el sentimiento de ser el elegido, pero también una vergüenza suma. Esta contradicción extrema de los sentimientos provoca que los pacientes fluctúen entre los polos extremos también en su trato posterior con otros individuos.

Los recuerdos se convierten en una carga

En la terapia de personas que han sufrido experiencias traumáticas se ha observado que, a medida que se habla repetidamente sobre el suceso traumático, las reacciones emocionales de la mayoría se debilitan. Por el contrario, en los pacientes con trastorno límite de la personalidad el recuerdo reiterado del abuso aumenta los sentimientos opresivos. Parece que estos presentan una mayor susceptibilidad neurobiológica. Además, procesos traumáticos repetidos llevan a estos pacientes a desarrollar una alerta constante ante posibles amenazas. Como consecuencia pueden tener ante estímulos aparentemente inofensivos respuestas extremas, como por ejemplo síntomas disociativos. En estos casos los pacientes pierden toda conexión con la realidad y se sienten a sí mismos como extraños: se altera la percepción de sí mismos de modo que se sienten ajenos a determinados actos o sentimientos propios (despersonalización). Los síntomas disociativos pueden aparecer en las ocasiones en que perciben subjetivamente una amenaza. Es comparable a la catalepsia en los animales: cuando la persona no dispone de recursos de actuación para responder a la amenaza, los síntomas disociativos ayudan a huir de la situación. Sin embargo, de esta forma el paciente con TLP no tiene la oportunidad de aprender cómo superar un peligro percibido actuando por él mismo. Los síntomas disociativos, tales como cambios en la percepción espacial y temporal, la sensación de estar de pie junto a uno mismo o de no poder sentir nada, son vividos como algo extremadamente alarmante por las personas con trastorno límite de la personalidad. Con frecuencia ponen fin a ese estado desagradable por medio de conductas autolesivas, por ejemplo cortándose o clavándose objetos punzantes para volver a sentirse a sí mismos.

No obstante, no todos los pacientes que sufren trastorno límite de la personalidad han padecido abusos. Lo que sí parece un factor común a todos los afectados es haber crecido en un entorno en el que las conductas y las personas eran siempre juzgadas como “totalmente buenas” o “totalmente malas”. Por ejemplo, un patrón de conducta típico aprendido podría ser no poder enfadarse nunca siendo un niño “bueno”. Esto deriva en que los afectados no aprenden a gestionar de forma adecuada situaciones difíciles o sentimientos negativos. En el historial de los afectados con TLP también son frecuentes negligencias emocionales extremas o una educación severa en exceso.

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